Cuando entré a la escuela secundaria, no sabía que esperar. Tenía once años y era inocente ―según yo― de toda culpa. Por lo que noté, era uno de los más altos de mi aula y no parecía que recién estaba empezando la escuela secundaria. Un dato muy importante es que para ese momento, ya estaba bien enterado y seguro de mis preferencias sexuales. Los hombres me gustaban y estaba en toda la flor de la pubertad.
Los primeros días de clases no fueron muy aburridos como esperaba. Conocí nuevos amigos y me acoplé muy bien con mis nuevos compañeros. Conocí a un chico llamado Christian. Era un tipo muy delgado ―en exceso diría yo―y mucho más alto que yo. Christian ―o el muerto como llegaron a decirle los cinco años que estudiamos― era un chico muy altanero y orgulloso; creía que todo lo que decía o hacía era lo correcto. Esos eran aspectos que no me gustaban de él, pero supe tolerar y creé una amistad con él.
En la hora de descanso, me gustaba caminar por el colegio. No jugaba fútbol o cualquier otro deporte; no me atraían para nada. Todos los días me iba a caminar solo, comiendo alguna galleta o algún dulce. Me gustaba mucho observar a los chicos de los grados superiores, era muy divertido.
Un día gris muy limeño, me crucé con alguien que nunca había visto en el colegio. Recuerdo haberme quedado en las nubes la primera vez que lo vi. No me percaté muy bien si me lanzó alguna mirada, pero no me importó en ese momento. Solo sé que este chico me gustó muchísimo.
Los días pasaban y siempre lo veía caminando con sus compañeros de salón. Este chico era un poco metrosexual; por lo que noté, le gustaba estar bien vestido y arreglado. Usaba lentes, pero no tenía un aire de nerd. Por el contrario, tenía los aires de un chico muy sensual. Su estilo de caminar era la del típico chico que se cree guapo, esa que en vez de caminar, parece que se está desarmando por partes. Con todo eso que tenía, me gustaba demasiado. Quería conocerlo. Siempre que él se daba cuenta que lo observaba, hacía todo lo posible para no cruzar miradas con él. Tenía vergüenza de que pasara.
Para suerte mía, me enteré que la hermana de Christian estudiaba con este chico, estaban en el mismo salón. El chico se llamaba Brant ―sí, raro nombre para un peruano― y cursaba el tercer año. No demoré mucho para hacerme amigo de Rita ―la hermana de Christian―, su carácter era igual al de su hermano; solo que en versión femenina. Rita me caía muy bien y la pasaba súper con ella.
Un día, Christian me dijo que le acompañe a cobrar dinero que había prestado a un amigo de Rita. No sé si fue el destino, pero lo acompañe. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que el deudor era Brant. Sufrimos mucho, Brant no le quería pagar.
―Te pago mañana ―decía Brant en un desesperado intento por escapar de nosotros― hoy ya gasté todo lo que tenía.
―Págame ―le exigía Christian.
―Sí, págale de una vez ―decía yo, metiéndome en lo que no me importaba― no seas conchudo.
―Te pago mañana ¿ok? ―Rogó Brant.
―De acuerdo, pero que sea mañana ― aceptó Christian.
― Está bien, adiós Christian. Adiós…ah…―dudó un segundo― ¿Cómo te llamas?
―Ricardo ―respondí.
―Adiós, Ricardo. ― me guiñó el ojo y se fue.
―Adiós, Brant. ―fue lo único que alcancé a decir.
Y así fue como conocí a Brant.


