
Seguía jugando a hacerme el difícil. No sé que de bueno traía, lo único de lo que estaba completamente seguro era que lo disfrutaba cada segundo.
1
Recién despertaba. Lo único que traía puesto era un bóxer. No recordaba nada de lo que había pasado anoche. Tenía un dolor de cabeza leve, la pesadez me invadió y sentía que nunca me podría levantar. Los peluches de mi cuarto me miraban. Sentía sus miradas penetrantes, frías y plásticas que me hacían sentir culpable. De pronto, algo se movió detrás mío.
-Hola, despertaste ¿Qué tal? Lo de anoche fue alucinante. Fue el mejor sexo de mi vida -dijo un chico muy simpático que se encontraba desnudo, en mi cama, con una sonrisa muy pícara que denotaba satisfacción.
-¿Qué? -Fue lo único que salió de mi subconsciente.
No tenía la menor idea de quién era ese lindo hombre que, por cierto, tenía unos músculos envidiables. Luego me acordé. Lo había hecho de nuevo...
2
No sabía qué hacer. Actuar como si me acordara de todo lo ocurrido anoche o simplemente ser un hijo de puta y preguntarle quién era. Creo que esperaré a que diga algo.
-No te acuerdas de mí ¿verdad? -dijo ese hermoso muchacho que descansaba en mi pecho.
-Pues la verdad es que no -admití, tratando de esbozar una patética sonrisa.
-No importa, estabas muy borracho anoche -dijo entre risas.
-Creo que sí ¿cómo te llamas? -pregunté.
-Manuel, un gusto- respondió, sin dejar de dibujar esa bella sonrisa de niño pícaro que algún día fue.
-Asumo que tú ya sabes mi nombre -le dije, pensando que sí lo sabía.
-Ricardo, al menos eso dijiste -dijo Manuel.
-No, ese es mi nombre de borracho -dije con una sonrisa maliciosa en mi cara.
Los dos soltamos una risotada que se escuchó en todo el edificio. No podía creer que apenas había cruzado dos palabras con este hombre y ya me caía tan bien.
-Mi verdadero nombre es Gabriel -dije.
-Gabriel, me gusta.
-Tú también me gustas.
Sonrió prediciendo el futuro.
3
Su cuerpo era escultural. Manuel era de esos chicos que no se pueden desperdiciar. Creo que el destino me puso a Manuel en mi vida. No puedo hacer lo que siempre hago, dejarlos ir y buscar a otro.
Manuel me contó que era escritor, le gustaba escribir cosas raras y demasiado confusas para personas que no tienen un grado de conocimientos altos como yo. Cuando le dije que era futbolista, empezó a reírse. Sentí un poco de desventaja, ya que él era muy hábil con las palabras y, a mi parecer, era el hombre más inteligente que había conocido hasta entonces.
Estaba sorprendido, recién llevábamos una hora hablando y ya lo quería. No quería dejarlo ir. Por suerte era domingo y no había apuro. Creo que él disfrutaba de mi pecho. Llevaba media hora recostado en él y yo no quería que se levante.
-Me gustas -volví a decirle.
-Tú también -me dijo Manuel.
Creía que hacía lo correcto.
4
-Tengo que irme, Gabriel -me dijo con una sonrisa muy traviesa.
-Sí, ya es casi medio día -dije, devolviéndole otra sonrisa -anda con cuidado.
Manuel se levantó. Lo único que llevaba puesto era un bóxer rosado muy apretado. Lindo era Manuel. Empezó a vestirse, yo simplemente lo observaba, él me devolvía sonrisas muy traviesas.
-Dame tu número antes de que te vayas -pedí -y también tu correo.
-Los tienes en tu agenda -dijo Manuel entre risas -¿tan borracho has estado?
-Sí, no me acuerdo ni lo que he tomado.
-Bueno, voy saliendo.
-Está bien -le dije.
5
Me quedé pensando en Manuel. Su inteligencia y ese cuerpo digno de un estereotipo romano me habían fascinado.
-Él es, Manuel, él es el indicado -pensaba -. ya vas a dejar de acostarte con otros y empezarás a crecer como persona. Basta del sexo al paso y, ocasionalmente, sin protección solo por el capricho lujoso, y a la vez de mucho riesgo, de tener un poco más de placer. Basta de todo eso, basta.
Quedé atónito ante la gran cantidad de peluches que había logrado juntar, sin darme cuenta, en mi cuarto. Entre ositos y personajes de películas animadas, se las ingeniaban para llenar las paredes de mi cuarto. Me miraban mal, o al menos eso sentía en ese instante. Esas miradas frías de los peluches me advertían de algo. De algo que ignoraba hasta entonces.
-Gabriel -escuché la voz de Manuel.
-¿No se había ido hace rato? -pensé.
-Gabriel -repitió.
Me puse de pie y fui a la sala. La imagen fue muy terrorífica. Gabriel estaba parado en el medio de la sala con un cuchillo de cocina en la mano.
-Gabriel, ¿Qué te pasa? -pregunté atónito.
-No creo que te acuerdes, pero anoche lo hicimos sin protección. -confesó con un tono de amenaza y tristeza mezclados.
-Bueno, no lo sé. No me acuerdo.
-Gabriel, tengo VIH. -sin decir otra palabra, se cortó el cuello y cayó muriéndose y desangrándose.
La puta madre.
FIN


2 comentarios inusuales:
Contaste muy bien la historia... sigue escribiendo, tienes talento.
no esta mal
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